EL SEÑOR DE LOS PALILLOS

19 de Abril de 2011.

Tengo que coger el autobús. No sé la hora y pregunto a la primera persona con la que me cruzo. Es un hombre de mediana edad, o eso parece porque tiene cara de viejo. Es bajito y anda como Espinete. Tiene ojos saltones, cara de loco y las manos como el “Pozí”. Camina muy despacito, como desganado y algo encorvado. ¡Joder! ¡Es Gollum! Me da miedo. Nada…valor y al toro. Lo máximo que puede pasar es que me susurre al oído aquello de ¡Mi tesooooooooro!

– Perdone ¿Tiene hora?-.

Levanta lo que parece ser la cabeza y me mira como si el tiempo no existiera para él si no fuera porque lleva un hermoso reloj en la muñeca. Parece moverse a cámara lenta. Me sonríe a la misma velocidad con la que venía caminando, necesita una ortodoncia urgente. Por fin se decide a hablarme.

– Te la digo si te tomas un café conmigo-.

Se me ponen los ojos en blanco y empiezo a cagarme en mi mala suerte, en la de haberme topado probablemente con el único tarado de entre toda la gente que había alrededor. Aunque sigo sin saber la hora para coger el autobús sé que tengo tiempo de sobra y decido tirar la casa por la ventana. Pienso que no tengo nada que perder y que me irá bien hacer tiempo aunque sea con un transformer con cara de tarado hasta que tenga que irme, con lo cual acepto la propuesta y me voy con el cuatropelos. Mi suerte sigue en su línea, siempre jodiendo la marrana.

Me sigue mirando y sonriendo y parece saber mi decisión. El bicho no se equivoca. Como se suele decir: “de perdidos al río”.

– Psss….pues vale-.

Deja de sonreir y ríe abiertamente. Rectifico: No necesita una ortodoncia, sino dos. O tres.

Mientras caminamos hacia el bar más cercano me voy preguntando qué coño hago yo con el pequeño saltamontes y me asaltan mil dudas en menos de diez metros hasta la entrada del bar. No sé si yo también estoy tarada o si es que quiero volver a darme la oportunidad de hablar con un desconocido de cara desordenada. El enano saltarín no articula palabra alguna hasta que entramos y nos sentamos en una mesa cualquiera. No deja de mirar mi cara de: entre asco, gilipollas y de quéhagoyoaquíconunbichocomotú.

Pide una tapa de carne en salsa y una cerveza, y yo como tengo hambre pido otra tapa y una copa de rioja. Después de engullir la carne sin mediar palabra, coge un palillo y procede a sacarse los restos de carne de no sé qué muela, si es que le queda alguna. Resoplo descaradamente y me quedo contemplándole pensando en su procedencia, en si será de Marte o de Raticulín, mientras él utiliza un palillo tras otro con la misma precisión que el bisturí un neurocirujano. Acojonante.

Misteriosamente me empieza a caer bien el pequeñajo y pienso que es por su asombrosa naturalidad. Parece importarle un pito su entorno y lo que diga nadie de sus guarrerías post-culinarias. Por momentos me va despertando simpatía y empiezo ver una persona de donde un rato anterior no podía ver más que un alien. Miro la hora en el reloj de pared del bar y veo que se me hace tarde. Tengo que despedirme justo cuando empezaba a caerme bien y le digo sonriendo que tengo que irme ya.  Me mira y me devuelve la sonrisa, saca la cartera y me da una tarjeta. La guardo deprisa en el bolsillo de atrás del pantalón para no entretenerme más y nos damos dos frikibesos de despedida.

– Esto ha sido un poco raro, pero me ha gustado conocerte. Hasta pronto-.

-No lo dudes-.

Una vez en el autobús y ya sin prisa, meto la mano en el bolsillo de atrás y saco la tarjeta que me había dado en la que ponía:

Nombre y apellido (XXXX XXXXXX)

Especialista en Psicoanálisis.

Problemas de conducta.

Dirección (XXXXXX XXXXXXXXX)

Desde luego…nunca sabes con quién hablas.

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Published in: on 19 abril 2011 at 16:48  Comments (4)